Jesús, Mesías.






Introducción

1. Al iniciar el ciclo de catequesis sobre Jesucristo, catequesis de fundamental importancia para la fe y la vida cristiana, nos sentimos interpelados por la misma pregunta que hace casi dos mil años el Maestro dirigió a Pedro y a los discípulos que estaban con El. En ese momento decisivo de su vida, como narra en su Evangelio Mateo, que fue testigo de ello, "viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los Profetas. Y El les dijo: y vosotros, ¿quién decís que soy?" (Mt 16, 13-15).

Conocemos la respuesta escueta e impetuosa de Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Para que nosotros podamos darla, no sólo en términos abstractos, sino como una expresión vital, fruto del don del Padre (Mt 16, 17), cada uno debe dejarse tocar personalmente por la pregunta: Y tú, ¿quién dices que soy? Tú, que oyes hablar de Mí, responde: ¿Qué soy yo de verdad para ti?. A Pedro la iluminación divina y la respuesta de la fe le llegaron después de un largo período de estar cerca de Jesús, de escuchar su palabra y de observar su vida y su ministerio (cf. Mt 16, 21-24).

También nosotros, para llegar a una confesión más consciente de Jesucristo, hemos de recorrer como Pedro un camino de escucha atenta, diligente. Hemos de ir a la escuela de los primeros discípulos, que son sus testigos y nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la experiencia y el testimonio nada menos que de veinte siglos de historia surcados por la pregunta del Maestro y enriquecidos por el inmenso coro de las respuestas de fieles de todos los tiempos y lugares. Hoy, mientras el Espíritu, "Señor y dador de vida", nos conduce al umbral del tercer milenio cristiano, estamos llamados a dar con renovada alegría la respuesta que Dios nos inspira y espera de nosotros, casi como para que se realice un nuevo nacimiento de Jesucristo en nuestra historia.

2. La pregunta de Jesús sobre su identidad muestra la finura pedagógica de quien no se fía de respuestas apresuradas, sino que quiere una respuesta madurada a través de un tiempo, a veces largo, de reflexión y de oración, en la escucha atenta e intensa de la verdad de la fe cristiana profesada y predicada por la Iglesia.

Reconocemos, pues, que ante Jesús no podemos contentarnos de una simpatía simplemente humana por legítima y preciosa que sea, ni es suficiente considerarlo sólo como un personaje digno de interés histórico, teológico, espiritual, social o como fuente de inspiración artística. En torno a Cristo vemos muchas veces pulular, incluso entre los cristianos, las sombras de la ignorancia, o las aún más penosas de los malentendidos, y a veces también de la infidelidad. Siempre está presente el riesgo de recurrir al "Evangelio de Jesús" sin conocer verdaderamente su grandeza y su radicalidad y sin vivir lo que se afirma con palabras. Cuántos hay que reducen el Evangelio a su medida y se hacen un Jesús más cómodo, negando su divinidad trascendente, o diluyendo su real, histórica humanidad, e incluso manipulando la integridad de su mensaje especialmente si no se tiene en cuenta ni el sacrificio de la cruz, que domina su vida y su doctrina, ni la Iglesia que Él instituyó como su "sacramento" en la historia.

Estas sombras también nos estimulan a la búsqueda de la verdad plena sobre Jesús, sacando partido de las muchas luces que, como hizo una vez a Pedro, el Padre ha encendido, en torno a Jesús a lo largo de los siglos, en el corazón de tantos hombres con la fuerza del Espíritu Santo: las luces de los testigos fieles hasta el martirio; las luces de tantos estudiosos apasionados, empeñados en escrutar el misterio de Jesús con el instrumento de la inteligencia apoyada en la fe; las luces que especialmente del Magisterio de la Iglesia, guiado por el carisma del Espíritu Santo, ha encendido con las definiciones dogmáticas sobre Jesucristo.

Reconocemos que un estímulo para descubrir quién es verdaderamente Jesús está presente en la búsqueda incierta y trepidante de muchos contemporáneos nuestros tan semejantes a Nicodemo, que fue "de noche a encontrar a Jesús" (cf. Jn 3, 2), o a Zaqueo, que se subió a un árbol para "ver a Jesús" (cf. Lc 19, 4). El deseo de ayudar a todos los hombres a descubrir a Jesús, que ha venido como médico para los enfermos y como salvador para los pecadores (cf. Mc 2, 17), me lleva a asumir la tarea comprometida y apasionante de presentar la figura de Jesús a los hijos de la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad.

Quizá recordaréis que al principio de mi pontificado lancé una invitación a los hombres de hoy para "abrir de par en par las puertas a Cristo" (L´Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 29 octubre, 1978. pág. 4). Después, en la Exhortación "Catechesi tradendae", dedicad la catequesis, haciéndome portavoz del pensamiento de los obispos reunidos en el IV Sínodo, afirmé que "el objeto esencial y primordial de la catequesis es (...) el "misterio de Cristo. Catequizar es, en cierto modo llevar a uno a escrutar ese misterio en toda su dimensión...; descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios, que se realiza en Él... Sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad" (Catechesi tradendae, n. 5: L´Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de noviembre, 1979. pág. 4).

Recorreremos juntos este itinerario catequístico ordenando nuestras consideraciones en torno a cuatro puntos:
Jesús en su realidad histórica y en su condición mesiánica trascendente, hijo de Abrahán, hijo del hombre, e hijo de Dios;
Jesús en su identidad de verdadero Dios y verdadero hombre, en profunda comunión con el Padre y animado por la fuerza del Espíritu Santo, tal y como se nos presenta en el Evangelio;
Jesús a los ojos de la Iglesia que con a asistencia del Espíritu Santo ha esclarecido y profundizado los datos revelados, dándonos formulaciones precisas de la fe cristológica, especialmente en los Concilios Ecuménicos;
finalmente, Jesús en su vida y en sus obras, Jesús en su pasión redentora y en su glorificación, Jesús en medio de nosotros y dentro de nosotros, en la historia y en su Iglesia hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).


3. Es ciertamente verdad que en la Iglesia hay muchos modos de catequizar al Pueblo de Dios sobre Jesucristo. Cada uno de ellos, sin embargo, para ser auténtico ha de tomar su contenido de la fuente perenne de la Sagrada Tradición y de la Sagrada Escritura, interpretada a la luz de las enseñanzas de los Padres y Doctores de la Iglesia, de la liturgia, de la fe y piedad popular, en una palabra, de la Tradición viva y operante en la Iglesia bajo a acción del Espíritu Santo, que -según la promesa del Maestro- "os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de Sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras" (Jn 16, 13). Esta Tradición la encontramos expresada y sintetizada especialmente en la doctrina de los Sacrosantos Concilios, recogida en los Símbolos de la Fe y profundizada mediante la reflexión teológica fiel a la Revelación y al Magisterio de la Iglesia.

¿De qué serviría una catequesis sobre Jesús si no tuviese a autenticidad y la plenitud de la mirada con que la Iglesia contempla, reza y anuncia su misterio? Por una parte, se requiere una sabiduría pedagógica que, al dirigirse a los destinatarios de la catequesis, sepa tener en cuenta sus condiciones y sus necesidades. Como he escrito en la Exhortación antes citada, "Catechesi tradendae": "La constante preocupación de todo catequista, cualquiera que sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús" (Catechesi tradendae n. 6: L´Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de noviembre, 1979. pág. 4).

4. Concluimos esta catequesis introductoria, recordando que Jesús, en un momento especialmente difícil de la vida de los primeros discípulos, es decir, cuando la cruz se perfilaba cercana y lo abandonaban, hizo a los que se habían quedado con El otra de estas preguntas tan fuertes, penetrantes e ineludibles: "¿Queréis iros vosotros también?". Fue de nuevo Pedro quien, como intérprete de sus hermanos, le respondió: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 67-69). Que estos apuntes catequéticos puedan hacernos más disponibles para dejarnos interrogar por Jesús, capaces de dar la respuesta justa a sus preguntas, dispuestos a compartir su Vida hasta el final.

¿Realmente existió Jesús?





Fuentes no cristianas.

La historia, no sólo cristiana, sino también pagana, da testimonio de que Jesucristo realmente existió. Es de coherencia humana aceptar los hechos históricos. El seguir la doctrina y el mensaje de Jesús ya requiere, por una parte, fe y, por otra, voluntad


Hablar de Jesucristo es hablar de la esencia misma del Cristianismo. El Cristianismo implica principios filosóficos, pero no es filosofía; contiene principios éticos, pero no es una ética; posee principios sociales, pero no es un movimiento social. El Cristianismo es Cristo conocido, creído, amado, seguido y transmitido.

La historia, no sólo cristiana, sino también pagana, da testimonio de que Jesucristo realmente existió. Es de coherencia humana aceptar los hechos históricos. El seguir la doctrina y el mensaje de Jesús ya requiere, por una parte, fe y, por otra, voluntad de aceptación.

Jesucristo no es un mito. Existió realmente. ¿Existen algunos documentos históricos sobre Jesús de Nazaret?


Escritores paganos:
A principios del siglo II se habla de los llamados "cristianos", como aquellos que profesan la fe en Cristo, considerado como Dios.


Así la carta que el historiador Plinio el Joven, procónsul de Bitinia, escribe en el año 112 al emperador Trajano que "los cristianos se reúnen un día determinado antes de romper el alba y entonan un himno a Cristo como a un dios"13 .

Está también Tácito que en sus Anales, hacia el año 115, habla del gran incendio de Roma, atribuido a Nerón en el 64, que culpaba a los cristianos de todo. Aquí está el texto: "Para hacer cesar esta voz, presentó como reos y atormentó con penas refinadas a aquellos que, despreciados por sus abominaciones, eran conocidos por el vulgo con el nombre de cristianos. Este nombre les venía de Cristo, el cual, bajo el reino de Tiberio, fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato. Esta condena suprimió, en sus principios, la perniciosa superstición, pero luego surgió de nuevo no sólo en Judea, donde el mal había tenido su origen, sino también en Roma, a donde confluye todo lo abominable y deshonroso y donde encuentra secuaces" (15, 44)14

Suetonio, historiador del año 120, refiere que el emperador Claudio "expulsó de Roma a los judíos por promover incesantes alborotos a instigación de un tal Cristo"15 .

Escritores judíos:

Flavio Josefo, historiador judío, en sus Antigüedades judías, escritas hacia el año 93-94, refiere que el "sumo sacerdote Anano acusó de transgredir la ley al hermano de Jesús (que es llamado Cristo), por nombre Santiago, y también a algunos otros, haciéndoles lapidar" (Antiquitates XX, 9, 1). Más explícito es otro pasaje: "Por aquel mismo tiempo apareció Jesús, hombre sabio, si es lícito llamarle hombre; puez hizo cosas maravillosas, fue el maestro de los hombres que anhelan la verdad, atrayendo hacia sí a muchos judíos y a muchos gentiles. Él era el Cristo. Y, como Pilato le hiciera crucificar por acusaciones de las primeras figuras de nuestro pueblo, no por eso dejaron de amarle los que le habían amado antes: pues Él se les apareció resucitado al tercer día después que los divinos profetas habían predicho de él estas cosas y otros muchos prodigios sobre su persona. Hasta hoy dura la estirpe de los cristianos, que tomaron de Él su nombre" (Antiquitates XVIII, 3, 3).




"Stato die ante lucem convenire carmenque Christo quasi deo dicere" (Epistula X, 96).regresar
"Auctor nominis eius Christus Tiberio imperante per procuratorem Pontium Pilatum supplicio adfectus erat" (Annales XV, 44).regresar
"Judaeos impulsore Chresto assidue tumultuantes Roma expulit" (Vita Claudii 25, 4).regresar

Los milagros de Jesús





Una parte importante en la aceptación que Jesús encontró fué por la abundancia de milagros que hacía. Jesús rodea su predicación del reino de muchas curaciones y expulsiones de demonios.

Los milagros son el lenguaje de Dios. La naturaleza habla de la gloria de Dios. Para los ojos despiertos, que no están nublados por la rutina, toda la creación es un canto de alabanza al Creador que pregona: Él nos ha hecho. La belleza del mundo es palabra hermosa que habla de Dios. Todo habla de Dios y de su esplendor de gloria. Pero el milagro tiene un lenguaje especial. Es el lenguaje privado de Dios. Sólo Él puede emitir una palabra que vaya más allá de los límites que ha querido establecer en la naturaleza. Los milagros hablan del amor omnipotente del eterno. Y Dios habla en Jesús con tantos milagros que, al cabo de los tres años, casi se acostumbran a esa grandeza. Todos los milagros de Jesús son para el bien; nunca realiza ningún milagro para castigar o hacer caer fuego del cielo sobre los injustos o los malhechores. Los que los observan, ven el dedo de Dios que señala: mirad a mi Hijo. Los beneficiados se gozan. Los ciegos se llenan de alegría, al ver; los paralíticos saltan de gozo, y los leprosos estrenan nueva convivencia al quedar limpios.

Es significativa la cantidad de milagros destinada a sanar las enfermedades. El dolor es un efecto del pecado de origen. Cristo, al vencer al dolor, quiere demostrar que viene a vencer a su causa que es el pecado. No sana todas las enfermedades, sólo unas pocas, aunque sean cientos. Porque el dolor se va a convertir en instrumento del amor más grande. Gran misterio el del dolor; pero mayor aún el del amor que, en el dolor, no deja de querer. Jesús dará a conocer su mesianidad por medio de los milagros, pero cada milagro será un signo elocuente de lo que viene a traer al mundo: una felicidad nueva, traída por un amor generoso y fuerte, que llega de lo Alto.

Hablemos de vocación





El concepto de vocación se presta a diversas interpretaciones y por tanto puede provocar confusión. Podemos usar la palabra vocación de diferentes maneras, en diversos niveles. Existen, por ejemplo, escuelas "vocacionales"; se dice que alguien tiene "mucha vocación" para algún oficio o profesión; si un muchacho se sale del seminario "es que no tenía vocación". Y también hablamos de "vocación matrimonial o religiosa". ¿De qué estamos hablando?

En realidad, la palabra vocación proviene del latín: vocare, que significa llamado. Sentir una vocación equivale a decir que alguien me está llamando. De otra manera no tiene sentido.

El fenómeno religioso





El fenómeno religioso
El deseo de Dios y el fenómeno religioso han sido y son interpretados de muchas maneras y según perspectivas diferentes. El número de teorías formuladas para comprenderlos es tan amplio que resulta casi imposible hacer una presentación adecuada de las mismas.

Más allá de tantas interpretaciones y de tantos estudios, hay clara constancia de que la religión sigue en pie después de miles y miles de años de historia humana. Encontramos personas religiosas, que buscan a Dios apasionadamente, en todas las clases sociales, en todos los rincones del planeta, entre quienes han realizado estudios universitarios y entre quienes no han entrado nunca en una escuela.

También es verdad que no pocos seres humanos viven sin ninguna religión, ya sea porque han aceptado, desde sus reflexiones, la no existencia de Dios; o porque han optado por un modo de vivir que deje de lado (sin afirmarla o sin negarla) la hipótesis “Dios”; o porque simplemente han nacido en un hogar y en un ambiente donde no había la menor huella de Dios.

El pluralismo de religiones hace más complejo el panorama. Algunos hombres religiosos consideran que su religión ha sido creada directamente por Dios, a través de alguna manifestación concreta (apariciones, inspiraciones, luces en el corazón de mensajeros). Los cristianos han afirmado, con un modo revolucionario de pensar, que el mismo Dios, en la Persona del Hijo, se hizo hombre, habló y actuó en un lugar y en un tiempo concreto de nuestra historia.

Otros seres humanos viven una religiosidad desligada de los grupos, de las reglas y de los dogmas “tradicionales”. Buscan caminos personales con la esperanza de dejar espacios abiertos al anhelo interior hacia algo distinto y superior, que eleve el corazón más allá de lo que los ojos ven y los oídos oyen, para alcanzar así experiencias profundas de “Algo” que no acaban de definir del todo. Algunas formas de lo que se llama New Age son precisamente modos “novedosos” y más o menos des-institucionalizados de encontrarse con lo divino.

El panorama del mundo religioso es, por lo tanto, complejo. Existe el peligro de llegar a pensar que valen lo mismo todas las respuestas, por muy diferentes que parezcan. Ser creyente o ser ateo, ser budista o ser musulmán, ¿qué más da? Bastaría con que cada uno acoja las ideas que prefiera y luego se comporte correctamente (no mate, no robe, y pague puntualmente los impuestos).

Pero una respuesta como anterior no satisface al corazón humano. Porque para un creyente de verdad no basta con adherirse a unos dogmas y a unas prácticas, sino que existe un deseo insuprimible de que lo que piensa y vive sea verdadero; es decir, quiere que la religión que sigue le permita relacionarse realmente con Dios y avanzar hacia el encuentro definitivo con él.

No podemos afrontar, por lo tanto, el fenómeno religioso desde una perspectiva relativista según la cual todo vale lo mismo. Lo explicaba el entonces cardenal Joseph Ratzinger (hoy Benedicto XVI) en una entrevista concedida a finales de 2003:

“No se puede decir que [las religiones] son caminos equivalentes porque están en un diálogo interior, y naturalmente me parece evidente que no pueden ser medios de salvación cosas contradictorias: la verdad y la mentira no pueden ser de la misma forma vías de salvación. Por ello, esta idea sencillamente no responde a la realidad de las religiones y no responde a la necesidad del hombre de encontrar una respuesta coherente a sus grandes interrogantes” (Zenit, 16-12-2003).

El corazón del hombre busca la verdad, la belleza, el bien. O, para ir más a fondo, y parafraseando a san Agustín, busca la verdadera belleza, la bella verdad, el bien hermoso y verdadero.

Sólo tiene sentido la vida si existe algo más allá de las frágiles seguridades que encontramos en el mundo moderno, o de las profundas heridas que producen los acontecimientos más dramáticos de la existencia humana.

Nuestro corazón necesita, pide, el encuentro con Alguien que pueda salvarnos, desde la verdad, con su amor, con su misericordia. Necesitamos a Dios, y a un Dios que venga y busque a su creatura. Ese es uno de los núcleos más profundos de la experiencia humana, ese es el sentido pleno de la auténtica experiencia religiosa de todos los tiempos.

La dignidad humana no disminuye si hay defectos genéticos





El Papa recibió a los participantes en la XX Conferencia Internacional promovida por el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud del 17 al 19 de noviembre de 2005 en el Vaticano, y cuyo tema ha sido "El genoma humano"

El Papa recibió a los participantes en la XX Conferencia Internacional promovida por el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud del 17 al 19 de noviembre de 2005 en el Vaticano, y cuyo tema ha sido "El genoma humano".

El Papa afirmó que la Iglesia puede iluminar las conciencias para que los descubrimientos científicos "sirvan al bien integral de la persona, respetando siempre su dignidad".

"El creyente -dijo- sabe que el Evangelio tiene una sintonía intrínseca con los valores inscritos en la naturaleza humana. La imagen de Dios está tan profundamente impresa en el alma del ser humano que difícilmente se puede obligar a que enmudezca la voz de la conciencia. (...) También quienes ya no se reconocen como miembros de la Iglesia o que incluso han perdido la luz de la fe dan importancia a los valores humanos y a las contribuciones positivas que puede aportar el Evangelio al bien personal y social".

Benedicto XVI subrayó que los hombres de nuestro tiempo "son capaces de comprender que la dignidad humana no se identifica con los genes de su ADN y no disminuye por la eventual presencia de diversidades físicas o de defectos genéticos. El principio de "no discriminación" sobre la base de factores físicos o genéticos ha entrado profundamente en las conciencias y ha sido enunciado formalmente en las Cartas sobre los derechos humanos. Este principio tiene su fundamento más real en la dignidad de todo ser humano, por el hecho de ser creado a imagen y semejanza de Dios". Analizando los datos científicos, añadió, se llega al reconocimiento de la dignidad de la vida humana, "comenzando desde el primer momento de la fecundación".

Tras hacer hincapié en que la Iglesia "anuncia y propone estas verdades no solo con la autoridad del Evangelio, sino también con la fuerza derivada de la razón", el Santo Padre afirmó: "Es necesario estar atento para evitar los riesgos de una ciencia y de una tecnología que pretendan ser completamente autónomas de las normas morales inscritas en la naturaleza del ser humano".

El Papa habló a continuación de la necesidad de "dar un nuevo impulso a la pastoral de la salud" mediante "una renovación y un estudio profundo de la propuesta pastoral, que tenga en cuenta el considerable aumento de conocimientos difundidos por los medios de comunicación en la sociedad y el alto nivel de instrucción de las personas a las que se dirige".

"No se puede descuidar el hecho de que, cada vez más a menudo, no sólo los legisladores sino los mismos ciudadanos, están llamados a expresar su parecer sobre problemas complejos de naturaleza científica. Si no existe una instrucción adecuada, una formación adecuada de las conciencias, es fácil que prevalezcan falsos valores o informaciones tendenciosas en la opinión pública".

Benedicto XVI concluyó refiriéndose al campo de las aplicaciones de la genética, en el que "se requiere -dijo- una formación de las conciencias profunda y clara. Los descubrimientos científicos actuales afectan a la vida de las familias, comprometiéndolas en decisiones imprevistas y delicadas, que hay que afrontar con responsabilidad". En este sentido, señaló que la pastoral sanitaria "tiene necesidad de profesionales formados y competentes".

La profesión de fe de la Iglesia



Las verdades de nuestra religión, de nuestra fe católica se encuentran en la oración del Credo. El Credo es lo que creemos los católicos. Si alguien de otra religión nos pregunta ¿qué es lo que creen ustedes los católicos? podemos contestarle con todo lo que rezamos en el Credo. Podemos decir que es como un resumen de nuestra religión.

El Credo está dividido en tres partes:

  • La primera parte habla de Dios Padre y de la obra de la Creación.

  • La segunda parte habla de Dios Hijo y de la Redención de los hombres.

  • La tercera parte habla de Dios Espíritu Santo y de nuestra santificación.

    Estas tres partes contienen doce artículos que abarcan las principales verdades en las que creemos los católicos. Estos doce artículos son:

    1. Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la Tierra.

    2. Jesucristo, Hijo único de Dios.

    3. Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de María la Virgen.

    4. Jesús fue crucificado, muerto y sepultado.

    5. Jesús descendió a los infiernos y al tercer día resucitó.

    6. Jesús subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre.

    7. Jesús vendrá a juzgar a vivos muertos.

    8. El Espíritu Santo.

    9. La Iglesia una, santa, católica y apostólica y la comunión de los santos.

    10. El perdón de los pecados.

    11. La resurreción de los muertos.

    12. La vida eterna.


    Si nos fijamos bien en todo lo que creemos nos vamos a dar cuenta de lo importante que es Dios y de como nos amó tanto que nos entregó a su Hijo Jesús para salvarnos. Se quedó con nosotros en la Iglesia, nos perdona y nos promete volver a venir.

    Todo lo que creemos lo debemos de vivir. Debemos demostrar con nuestras obras que creemos en Dios. Se debe notar la diferencia entre un niño que no tiene fe y un niño que sí tiene fe. La vida se vive diferente. Por ejemplo, si yo creo que tengo un Padre Todopoderoso que vela por mí, mis acciones deberán demostrar esa seguridad y confianza. Si yo creo en la Iglesia, la voy a ayudar.

    El Credo es una forma de profesar nuestra fe. Otra forma de profesar nuestra fe es haciendo la señal de la cruz, que es la señal del cristiano. ¿Qué expresamos cuando nos persignamos? Decimos que creemos en Dios que es uno en tres personas distintas. Esto lo hacemos al decir “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Al trazar la señal de la cruz en nuestro cuerpo, expresamos que creemos en la Encarnación, Pasión y Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

    Al rezar el Credo entramos en comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y con toda la Iglesia.

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